Un poco de muerte, una pizca de Dios, de amores y desamores, de sexo (mejor sucio); algo de Nueva York, de judíos, de psicoanálisis, de lluvia; una buena dosis de jazz y todo bien mezclado en la batidora intelectual que debe ser la cabeza de Woody Allen. Sírvanse ustedes mismos. La receta no suele fallar: siempre saludable y gratificante. Humor del bueno. Del que reconcilia con la existencia. Amamos a Woody. Verdadero alienígena cultural. Y ahora ya lo sabéis todos.